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jueves, 16 de julio de 2015

Salud, enfermedad, estilos de vida y entorno del individuo (3)

            Actualmente existe la necesidad de prevenir (prevención primaria) (Caplan, 1964), la cual consiste en adoptar medidas para impedir que enfermen aquellas personas que actualmente gozan de buena salud. La prevención primaria implica dos estrategias (Fielding, 1978): 1) cambiar los hábitos negativos de salud de los sujetos (por ej., fumar, beber, dieta) (Begoña, 1994a., 1994b.; Oblitas, 1989), y 2) prevenir los hábitos inadecuados mediante la generación, en primer lugar, de hábitos positivos y el estímulo para que la población los adopte.

            Posiblemente la filosofía tradicional de la salud, hace hincapié en el diagnóstico, el tratamiento y la cura, fuese lo más apropiado para las enfermedades infecciosas de principios del siglo xx. Sin embargo, en la actualidad, adoptar una perspectiva focalizada en el tratamiento, una vez que las personas han enfermado, es probablemente la menos adecuada en cuanto a la relación coste-eficacia en el cuidado de la salud. Procedimientos médicos tales como trasplantes, la hemodiálisis, la cirugía, etc., suponen un gasto excesivo si atendemos al hecho de que sólo se aplican a un porcentaje de población relativamente reducida (O´Neill, 1983).

            Los gastos ingentes (mínimos) que acarrean los costes médicos deberían ser un factor más para ayudar a la reflexión y al cambio hacia un enfoque preventivo, esto es, orientar los esfuerzos a la detección temprana de la enfermedad y la modificación de conductas y estilos de vida que supongan un riesgo para el sujeto. Existe evidencia más que suficiente, que es más fácil y menos costoso ayudar a que una persona se mantenga saludable, que curarla de una enfermedad (Bermúdez, 1993). La detección temprana de factores de riesgo (por ejemplo, no fumar, presión sanguínea elevada, nivel alto de colesterol), junto con la promoción de conductas de salud (por ejemplo, no fumar, una buena nutrición, hacer ejercicio) optimiza la prevención, sin lugar a dudas, la aproximación a una relación coste-beneficio más adecuada en el cuidado de la salud. (Oblitas, 2010).


Hospital Médica Sur: Puente de Piedra No. 150. Torre I Consultorio 430 4to. Piso Col. Toriello Guerra, Tlalpan. C.P. 14050. México, D.F. Tel. 5524-3051. terapiainfantilyjuvenil.blogspot.mx


miércoles, 15 de julio de 2015

Salud, enfermedad, estilos de vida y entorno del individuo (2)

            Existen pruebas más que palpables de un cambio en los patrones de mortalidad en las sociedades avanzadas.  Las enfermedades crónicas (por ej., cáncer, sida, diabetes) han sustituido a las infecciosas como causas principales de muerte. La peculiaridad de tales padecimientos es que se encuentran asociados estrechamente con la conducta humana y el estilo de vida de los sujetos. Por ello, en la actualidad es más adecuado hablar de patógenos y de inmunógenos conductuales. Por patógenos conductuales entendemos aquellas conductas que incrementan el riesgo de un individuo a enfermar (por ej., fumar, beber alcohol). Al contrario, los inmunógenos conductuales son todos aquellos comportamientos que lo hacen menos susceptible de contraer enfermedades (Matarazzo, 1984a; 1984b). De hecho se han realizado varias investigaciones para apresar los inmunógenes conductuales más importantes. El estudio más relevante en este aspecto ha sido el que se realizó en Estados Unidos, con una muestra de siete mil personas. En los seguimientos llevados a cabo a los cinco y nueve años y medio, se observó una clara relación entre la longevidad y las siguientes siete conductas de la salud (Belloc, 1973; Blloc y Breslow, 1972):
 
1.     Dormir de 7 a 8 horas.
2.     Desayunar casi todos los días.
3.     Tres comidas al día., sin “picar” entre comidas.
4.     Mantener el peso corporal dentro de los límites normales.
5.     Practicar ejercicio físico de manera regular.
6.     Ingesta moderada de alcohol o no beberlo.
7.     No fumar.


            Las acciones de toda una colectividad, la sociedad, también influyen sobre la salud. En el entorno se encuentran riesgos ambientales tales como la contaminación del aire, agua y suelo, o sustancias tóxicas (insecticidas y productos químicos peligrosos) y radiaciones naturales o provocadas (Doll y Peto, 1989). Estos elementos también encierran un potencial para matar, hacer daño y enfermar a los individuos. Por tanto, ejercen influencias significativas sobre la salud de un amplio colectivo, de comunidades enteras. (Oblitas, 2010).


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martes, 14 de julio de 2015

Salud, enfermedad, estilos de vida y entorno del individuo (1)

            En la actualidad, asistimos a un cambio en los patrones de mortalidad en las sociedades desarrolladas. Las enfermedades infecciosas han cedido su protagonismo, respecto de la morbilidad y mortalidad, a las crónicas y a las suscitadas por comportamientos inadecuados. Cada vez es mayor la evidencia del peso que ejerce nuestra conducta, nuestros estados psicológicos y el contexto en el que vivimos sobre nuestra salud, la cual depende, en gran medida, de comportamientos tales como tener hábitos saludables, buscar cuidados médicos, obedecer las recomendaciones de éstos, etc. (Matarazzo, Wiess, Herd, Miller y Weiss, 1984).

            Un buen ejemplo de ello es la conducta de fumar, a la que se le atribuye entre 12 y 15% del total de las muertes que ocurren en los países desarrollados. A ello hay que añadirle la morbilidad que genera dicha conducta (Center for Disease Control, 1991; Peto, López, Boreham et al., 1994 USDHHS, 1989).

            Asimismo, numerosas investigaciones han puesto de manifiesto que los estados psicológicos desempeñan un papel destacado en nuestra salud. Los sentimientos y emociones pueden repercutir de un modo positivo o negativo en el bienestar del individuo. Por ejemplo, sentirnos amados y apoyados por otras personas adquiere un enorme valor cuando tenemos que afrontar situaciones estresantes (Wallston, Alagna, DeVillis y DeVillis, 1983). Precisamente el estrés es el estado psicológico que más influye negativamente sobre nuestra salud, pues se le asocia con una gran variedad de efectos negativos (por ejemplo, cáncer, enfermedad cardiaca coronaria, supresión del sistema autoinmune, etc.) (Cohen y Williamson, 1991; Labrador, 1992) (Oblitas, 2010).


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lunes, 15 de junio de 2015

Conductas de promoción de salud: Dietas, proteínas y salud

            El cuerpo humano no está preparado para alimentarse sólo con proteínas. Si bien las dietas híper proteicas producen una mayor saciedad, son totalmente atípicas y es difícil mantenerlas durante mucho tiempo; además, no contienen los nutrientes necesarios. En los regímenes de moda siempre falta algún factor importante, por lo cual se debe hacer hincapié en la reeducación de la forma de comer. El exceso de proteína produce una sustancia, la acetona, que queda en la sangre y puede provocar alteraciones en la circulación y problemas cardiacos. Para bajar de peso es necesario en los tratamientos de largo plazo y en cambiar, fundamentalmente, los hábitos alimentarios. (Oblitas, 2010).


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