viernes, 18 de julio de 2014

El acoso escolar existe desde hace mucho tiempo

            El bullying en las escuelas no tiene nada de nuevo. En su novela Tom Brown´s Schooldays (Tomás Brown en la escuela), publicada en los años cincuenta del siglo XIX. Thomas Hughes describía con todo lujo de detalles cómo un alumno más pequeño de un internado inglés era dolorosa y sádicamente “asado” por un grupo de bullies mayores que él en un hogar de leña encendido (Greenbaum, Turner y Stephens, 1989).

            Por desgracia, las personas adultas se han mostrado relativamente lentas a la hora de proteger los derechos de los niños. El papel de meros siervos obedientes y carentes de derechos que se les asignaba a los más pequeños no fue cuestionado hasta que salió a la luz el caso de Mary Ellen McCormik en 1874. Aquella niña de diez años, que recibía palizas casi a diario, fue hallada envuelta en harapos en un piso en el que vivía prisionera y del que solo se le permitía salir por la noche. Incapaz de salvar por sí sola a Mary Ellen, la mujer que la encontró recurrió a la Sociedad Estadounidense para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (ASPCA), que se había fundado en 1868 para proteger animales que habían sufrido abusos de sus crueles dueños. Dado que, en aquel entonces, no existían leyes que protegieran a los niños, Mary Ellen fue procesada como un miembro más del reino animal y con acuerdo a la legislación de la ASPCA. La niña pudo ser sacada de su hogar e ingresada en un orfanato en menos de veinticuatro horas (Fried, ADTR y Fried, 1994).

            Tras aquel caso, el interés por los derechos de los menores tuvo sus altibajos. Una medida ya más contemporánea que ha tenido una gran importancia en la protección de la infancia fue la Ley de Prevención y Tratamiento de los Abusos Infantiles, aprobada por el Congreso de los Estados Unidos en 1973.

            Puede que haya quien afirme que, con toda la violencia existente en nuestra cultura actual, “el abuso entre iguales” sea la menor de las preocupaciones de un niño o de una niña. No obstante, el único modo de enterrar el bullying es reconocerlo y emprender medidas para impedirlo. Ignorando el problema, éste no desaparecerá (Beane, 2006).

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