lunes, 21 de julio de 2014

El acoso escolar nos afecta a todos y a todas

            Este es uno de los diez principios fundamentales sobre el acoso escolar. Los niños que ven como se acosa a otros niños suelen tener miedo de denunciarlo, quizás porque piensan “¡podría ser yo!”. El niño o la niña que es víctima del acoso puede ser rechazado por sus compañeros y compañeras como si tuviera algo parecido a una enfermedad contagiosa. Algunos de los pequeños que son testigos de un nivel de acoso elevado reaccionan de igual modo que muchas víctimas: intentan evitar la situación y pueden llegar incluso a desarrollar problemas digestivos, dolores de cabeza u otros síntomas físicos que les ayuden a sobrellevar el estrés. Cuando los pequeños y las pequeñas están preocupados por “quién será el siguiente” aumentan las faltas de asistencia, el ausentismo y el abandono escolar.

            Culpar a la víctima es una reacción habitual entre niños. Como muchas personas adultas, los pequeños y las pequeñas pueden creer que a las personas buenas no les suceden cosas malas y que la víctima debe estar haciendo algo mal para merecer los abusos. Pueden tener también la sensación de que los abusos “endurecen” a la víctima. Estas actitudes les ayudan a justificar su inacción. (Beane, 2006).

            Obviamente, no todos los niños y niñas ignoran el maltrato a sus iguales, pero su intervención puede acarrearles un elevado costo. En Inglaterra, una chica de dieciséis años que acudió a la policía e identificó a uno de los componentes de un grupo de veinte chicos que habían propinado una fuerte paliza a un estudiante paquistaní recibió tanto elogios como insultos por su acción. Durante el año que siguió a aquel incidente, fue objeto de amenazas de muerte, de abusos verbales por parte de perfectos desconocidos y de episodios de acoso en la escuela, y sufrió una conmoción cerebral y otras lesiones leves a causa del ataque de otro estudiante (Ross, 1996).

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