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miércoles, 1 de octubre de 2014

¿Cuáles son los factores moderadores de la experiencia del estrés?

            González (1989, 1991) propone una clasificación de los factores del estrés según el grado de participación que éstos tienen en la experiencia del estrés. De acuerdo con ella, se definen tres tipos de factores, a saber:

Factores internos de estrés. Incluyen las variables del propio sujeto directamente relacionadas con la respuesta de estrés. Un ejemplo de este tipo de factor lo constituye el denominado índice de reactividad al estrés, que se define como “el conjunto de pautas habituales de respuesta cognitiva, emocional, vegetativa y conductual ante situaciones percibidas como potencialmente nocivas, peligrosas y desagradables” (González, 1990; Rodríguez, 2001).

Factores externos del estrés. Éstos hacen referencia a los estresores medioambientales que pueden sobrecargar los mecanismos de defensa y la regulación homeostática o de ajuste del individuo. Ejemplos característicos de estos factores lo constituyen el índice de los sucesos vitales (Holmes y Rahe, 1967) y los hasless (fastidios) de la vida cotidiana, inclusive de los “eventos interpersonales” (Maybery and Graham, 2001).

Factores moduladores. Están constituidos por variables tanto del medio ambiente como del propio individuo que no están en relación directa con la respuesta de estrés, pero que actúan como condicionadores, moduladores o modificadores de la interacción entre los factores externos e internos de estrés. De entre los factores moduladores se pueden señalar variables como el apoyo social, determinados estados afectivos y características de personalidad (por ejemplo, personalidad de tipo A y C, hardiness) o cualidades atribucionales (por ejemplo, el “locus de control”) o de manejo de las situaciones adversas como la “resiliencia”. Es decir, aquellos factores que intervienen para incrementar o amortiguar la percepción de amenaza o la acción de los estresores y que, por lo tanto, facilitan o entorpecen las respuestas adaptativas, de modo tal que algunas respuestas serán eficaces y otras no. (Oblitas, L. et al., 2010).


Hospital Médica Sur: Puente de Piedra No. 150. Torre I Consultorio 430 4to. Piso Col. Toriello Guerra, Tlalpan. C.P. 14050. México, D.F. Tel. 5524-3051. terapiainfantilyjuvenil.blogspot.mx


martes, 30 de septiembre de 2014

Modelos integradores multimodales del estrés

            Los múltiples y fructíferos avances de la investigación científica del estrés durante las últimas décadas han permitido descubrir que no se puede reducir a definiciones unívocas o a esquemas simples, sino por el contrario, es necesario entender que se trata de un conjunto complejo de variables que funcionan sincrónica y diacrónicamente, articuladas en diferentes niveles de interacción a lo largo de procesos temporales. Por lo tanto, para dar cuenta del significado del concepto estrés es necesario recurrir a modelos explicativos lo suficientemente globales que abarquen los diferentes componentes intervinientes, pero a la vez, lo suficientemente específicos para precisar y focalizar las acciones concretas. Además, los modelos deben posibilitar su actualización y dar respuesta a las cuestiones que van planteándose, sin despreciar o subestimar los aciertos de anteriores investigaciones. En consecuencia, este enfoque responde a un nuevo paradigma al cual le llaman modelos multimodales. (Oblitas, L. et al., 2010).

            No existe un modelo unánimemente aceptado por todos los investigadores que explique todos los aspectos de la forma de actuación del estrés. Los múltiples modelos existentes, por lo general parten de una concepción que reconoce la definición de estrés como transacción entre sujeto y ambiente, a la vez que otorgan la debida importancia a los procesos cognitivos implicados, las demandas psicosociales, los recursos materiales, sociales y personales, las variables disposicionales de personalidad, las estrategias de afrontamiento y las respuestas del sujeto en todos los niveles. Un modelo que nos parece satisfactorio es el de Sandín (1995), ya que incluye todos los elementos o componentes mencionados, aunque en forma esquemática.

            Dicho modelo abarca 7 etapas que comprenden otros tantos principios implicados. Ellos son: 1) demandas psicosociales: comprende lo que comúnmente se llama “estrés psicosocial” o los estresores ambientales; 2) evaluación cognitiva: incluye los niveles de evaluación primaria y secundaria, así como los posteriores procesos de reevaluación; 3) respuesta de estrés: incluye el complejo de respuestas fisiológicas (neuroendocrinas y las del sistema nervioso autónomo) y las respuestas psicológicas, tanto emocionales como a nivel cognitivo y motor; 4) estrategias de afrontamiento (coping): los esfuerzos conductuales y cognitivos que emplea el sujeto para enfrentar tanto las demandas externas como las internas; 5) apoyo social: disponibilidad de personas de confianza, lazos sociales, contacto social significativo, pertenencia a una red social, apoyo personal; 6) variables disposicionales: incluye los tipos de personalidad, los factores hereditarios, el sexo, la raza y otros por el estilo; 7) estado de salud: aunque esta variable depende de todas las anteriores, hay ciertas conductas relacionadas con la salud que pueden facilitar (por ejemplo, fumar, ingerir alcohol o realizar conductas de riesgos para la salud) o inhibir los efectos del estrés (por ejemplo, hacer ejercicio sistemático, realizar una dieta alimenticia equilibrada y moderada).

            Conviene resaltar que se trata de un esquema con fines didácticos que no es exhaustivo, y que, además, se trata de un “modelo dinámico y comprensivo, que implica interrelación entre los distintos componentes, que puede servir como marco teórico para entender la complejidad del concepto del estrés, y que posee valor heurístico para estimular nuevos trabajos e investigaciones sobre la psicopatología del estrés” (Sandín, 1995).


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lunes, 29 de septiembre de 2014

Distrés vs. eustrés

            Selye reconoció los aspectos positivos del estrés, debido a lo cual bosquejó una suerte de filosofía de la vida que otorga la posibilidad de extraer de este concepto los mejores beneficios. Según Gutiérrez García (1998), el “padre de los estudios del estrés”, habría incluso diferenciado resultados “agradables o desagradables”. Al que provoca los primeros le denominó como “eustrés” o “buen estrés”, y al segundo, “distrés”, o “mal estrés”. Afirma al respecto que “el hecho de que el eustrés cause mucho menos daño que el distrés demuestra gráficamente que es el `cómo te lo comes´ lo que determina, en último término, si uno puede adaptarse al cambio de forma exitosa”. Sin embargo, estas indicaciones no modificaron su concepción general del estrés como “respuestas inespecíficas a los diversos estímulos positivos o negativos que actúan sobre él”.

            En general, la investigación científica ha adoptado la idea del estrés con una significación de consecuencias negativas para el individuo que lo sufre. Reconocer la pertinencia de una utilización técnica dual (“eustrés” versus “distrés”), forzosamente implica elaborar un nuevo modelo interpretativo en la medida de que ambos constructos se perciban con cualidades propias. Se trata de “establecer un nuevo enfoque positivo de las situaciones de desajuste, de tal forma que se potencien aspectos muy reducidos o desdeñados con las anteriores estructuras y se reduzcan alternativas de intervención/prevención que parecen, actualmente, en situación de “punto muerto” (Gutiérrez, 1998).

            Este modelo cuestiona la identificación del estrés con el distrés, es decir, quedarse con una visión psicopatológica que desconoce la perspectiva de la salud, la cual completa los casos y situaciones de eustrés, cuando el individuo realiza una gestión exitosa de las demandas de su entorno. Es la dimensión del estrés satisfactorio, que ofrece a sus actores experiencias positivas, sensaciones y sentimientos placenteros (sensación de bienestar, de adaptación), que fortalecen la propia autoestima y refuerzan las estrategias de afrontamiento (Bunting et al., 1986). Pueden resumirse en lo que Antonovsky (1979, 1987) denomina “fuerzas salutogénicas” y “vivencias de coherencia”, la personalidad “Hardiness” o resistente de Kobasa (1982, 1983), la autoeficacia de Bandura (1977, 1986), el locus de control interno, la personalidad tipo B, el optimismo (Scheier et al., 1985, 1986), la esperanza (Pereyra, 1997) y el concepto de resiliencia (Walsh, 1998). Todo esto conforma no sólo barreras que ayudan a mejorar la adaptación y reducir las consecuencias del distrés sino que desarrolla criterios valiosos para entender mejor la salud.

            Desde un enfoque fisiológico puede pensarse en el eustrés (Nogareda, 1994) como el aumento de catecolaminas (hormonas del sistema vegetativo) sin la aparición de cortisol (hormona del eje hipófiso-suprarrenal). Es decir, el cortisol vendría a actuar como un biomarcador de las situaciones de distrés. Expresado de forma alternativa, el eustrés sería la situación neuroendocrina que genera el mantenimiento de actividades en las que, sean cuales fueran las demandas, el grado de control del sujeto es alto (o bajas las restricciones). Por otra parte, si se definen en relación con el abordaje terapéutico, los procedimientos podrían diferenciarse. Así por ejemplo, el tratamiento del distrés trata de reducir la tensión muscular, aliviar los prejuicios y liberar la mente de los nocivos procesos cognitivos de la demanda de estrés, mientras que los procesos de eustrés no estarían al servicio de neutralizar o minimizar los prejuicios del distrés, sino que tratarían de promover los procesos de salud y bienestar.

            Gutiérrez (1998) resume esta expectativa cuando afirma que “es posible diseñar una formulación del proceso general de estrés que modele tanto los sucesos negativos como los positivos (distrés y eustrés, respectivamente): variables ambientales y recursos (distresores y eustresores), características de la persona (nociva y saludables), experiencias subjetivas (apreciaciones cognitivas), respuestas del individuo en caso de eustrés (satisfacción, mejora y acumulación de estrategias) y distrés (estrategias de afrontamiento, resultados y consecuencias), y posibilidades de transformación (generación de eustrés a partir del distrés). Todo ello, en las posibilidades de cambio y transformación, de cronificación de síntomas, etc.)”. En definitiva, pretendemos establecer un modelo que proporcione soluciones a los aspectos negativos de las situaciones de estrés y destaque la relevancia de los aspectos activos y positivos: un modelo que promueva el eustrés. (Oblitas, L. et al., 2010).



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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Estrés y su escala de reajuste social



Posición
Acontecimiento vital           
Valor medio
1
Muerte del cónyuge
100
2
Divorcio        
73
3
Separación matrimonial
65
4
Encarcelamiento
63
5
Muerte de un familiar cercano
63
6
Lesión o enfermedad personal
53
7
Matrimonio
50
8
Despido del trabajo
47
9
Reconciliación matrimonial
45
10
Retiro
45
11
Cambio de salud de un miembro de la familia
44
12
Embarazo
40
13
Dificultad o problemas sexuales
39
14
Incorporación de un nuevo miembro de la familia
39
15
Reajuste de negocio
39
16
Cambio de situación financiera
38
17
Muerte de un amigo íntimo
37
18
Cambio de tipo de trabajo
36
19
Cambio en el número de disputas con el cónyuge
35
20
Hipoteca superior a 10,000 dólares
31
21
Juicio hipotecario por crédito o hipoteca
30
22
Cambio de responsabilidad en el trabajo
29
23
Hijo o hija que dejan el hogar
29
24
Problemas legales
29
25
Logro personal notable
28
26
La esposa comienza o deja de trabajar
26
27
Comienzo o fin de la escolaridad
26
28
Cambio de condiciones de vida
25
29
Revisión de los hábitos personales
24
30
Problemas con el jefe
23
31
Cambio de turno o de condiciones laborales
20
32
Cambio de residencia
20
33
Cambio de colegio
20
34
Cambio de actividades de ocio
19
35
Cambio de actividad religiosa
19
36
Cambio de actividades sociales
18
37
Hipoteca o crédito inferior a los 10,000 dólares
17
38
Cambio de hábito de dormir
16
39
Cambio de número de reuniones familiares
15
40
Cambio de hábitos alimentarios
15
41
Vacaciones
13
42
Fiestas navideñas
12
43
Leves transgresiones a la ley
11


Escala de Holmes y Rahe (1967).

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