Las relaciones destructivas de
pareja se establecen a partir del deseo de uno de controlar las actividades del
otro; para conseguirlo recurre a intentar demoler al compañero con críticas
injustificadas y continuas. En nuestro tiempo son los varones los que padecen
principalmente de esta patología: quieren que se les obedezca, que se haga todo
lo que piden, que la pareja reaccione como ellos quieren, con una posesividad
irracional y lesiva. Se trata muy frecuentemente del temor acomplejado de
parecer inferior y de la incapacidad de comportarse dentro de un terreno de
igualdad de derechos.
La respuesta de parte de la mujer
puede ser la sumisión depresiva o la ruptura completa. Estos mecanismos se
encuentran en el fondo de muchas parejas mal avenidas: lo practican los padres
que odian, y también se localiza, en la esfera social, entre grupos que tienen
propósitos incompatibles. La misoginia; es decir, el odio hacia las mujeres a
quienes se dice amar, es un caso de relaciones destructivas, sumamente
extendido en México, por lo que constituyen no solamente un problema de salud
mental, sino de estructura social, y está en la base de la violencia
intrafamiliar.
El misógino quiere hacer aparecer a
su pareja como la causante de todos sus problemas, aunque las causas verdaderas
estén ubicadas en él mismo. El narcisismo esquizoide, que es causante de celos
enfermizos, es una forma bastante extendida de misoginia, y su verdadero
propósito no es conservar el amor de la compañera, sino vulnerar su calidad
humana para someterla a un trato tiránico.

Es claro que esta psicopatía en nada
contribuye a consolidar los vínculos sino por el contrario conduce necesariamente
a su aflojamiento y posterior disolución. Ya dentro del matrimonio, la
manifestación de celos, o bien conduce al divorcio por reacción de la mujer, o
bien genera en toda la familia un clima de tensión malsana, creada
artificialmente por la irracionalidad del celoso. (Robles, 2011).
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