Las
investigaciones en ésta área han descubierto que las diferentes formas de
comportamiento influyen en las células inmunitarias, aumentando o disminuyendo
su actividad, a veces, incluso, durante periodos prolongados. Se puede
comprobar que dormir bien o expresar los sentimientos son actitudes positivas
para el sistema inmunitario, mientras que la depresión, el estrés crónico en el
trabajo o el insomnio resultan a menudo contraproducentes. El cerebro y el
sistema inmunitario se relacionan entre sí. La pregunta importante es cómo se
comunican y en qué medida influyen en la salud.

Hoy se conoce que
cada tipo de célula inmunitaria reacciona de forma diferente ante el estrés. En
cualquier tipo de experimento que se proponga, unas células aumentan su
actividad mientras que otras la disminuyen. Janice Kielcolt y Ronald Glaser, de
la Universidad de Ohio, abordaron el problema la década pasada. Luego de
analizar muestras de sangre de estudiantes de medicina en diferentes temporadas
del año, demostraron que en época de exámenes tenían una respuesta inmune más
débil: sus células asesinas y sus células T funcionaban por debajo de la
normalidad, y también existía una disminución de gamma-interferón. Por el
contrario, los sistemas inmunitarios de los estudiantes eran más potentes
después de las vacaciones de verano. “En una persona joven y sana, las pequeñas
subidas o reducciones diarias de actividad del sistema inmunológico no importan
mucho” (dice Glaser). El problema se agudiza en las personas ancianas, debido a
que su “sistema inmunológico ya está empezando a debilitarse. Un estrés añadido
puede ponerles en una situación límite” (Mestel, 1994).
Existe suficiente
evidencia de que aliviar el estrés y la depresión marca una importante
diferencia en la evolución de los cánceres de piel, de mama o sanguíneos o de
la médula ósea. Jean Richardson descubrió que los pacientes con leucemias y
linfomas viven significativamente más tiempo cuando se les visita en sus
domicilios. El efecto de esta atención individualizada puede explicarse
independientemente de que las personas atendidas en sus hogares cumplen mejor
el tratamiento médico. Fawzi ha presentado descubrimientos similares. Dividió
74 pacientes con melanoma en dos grupos. A uno de ellos se le proporcionó los
cuidados habituales, al otro se le dio seis sesiones de grupo de apoyo, en las
que se analizaron los problemas típicos con los que se encuentran los pacientes
cancerosos, y les enseñaron estrategias para sobreponerse a ellos. Seis meses
después, el grupo que había recibido el tratamiento adicional presentaba una
actitud psicológica mejor que el “grupo de cuidados rutinarios” (Mestel, 1994).
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