La resiliencia
“es la capacidad humana para enfrentar, sobreponerse y ser fortalecido o
transformado por experiencias adversas” (Grotberg, 2001). El término proviene
de la física, se aplica a la elasticidad de un material, que puede resistir un
choque o el impacto de un objeto contundente. La traducción de la expresión
inglesa corresponde a “entereza”, que significa fortaleza o resistencia para
salir airosos ante los eventos que nos golpean. En psicología se utiliza el
concepto para identificar los procesos y hechos que permiten a los individuos y
familias soportar los desafíos y estados persistentes de estrés con éxito. “Se
trata de la capacidad potencial de un ser humano de salir herido pero
fortalecido de una experiencia aniquiladora” (Walsh, 1998). “Este enfoque se
funda en la convicción de que el crecimiento del individuo y la familia puede
alcanzarse a través de la colaboración en la adversidad” (Walsh, 1998).

Chok Hiew y
colaboradores (2000) descubrieron que las personas resilientes enfrentaban a
los estresores y a las adversidades de forma tal que reducían la intensidad del
estrés y lograban el decrecimiento de los signos emocionales negativos, tales
como la ansiedad, la depresión y la ira, a la vez que aumentaban la salud
emocional. Las conclusiones que extrajeron es que la resiliencia promueve la
salud mental y emocional, además de ser un buen modulador del distrés. (Oblitas,
L. et al., 2010).
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