Debido a que en los muchachos
adolescentes se da una “crisis de lo masculino” esto a su vez conlleva en las
chicas a que exista una “crisis de lo femenino”. Las muchachas deben ubicarse
constantemente respecto de los muchachos. No es nada sencillo; en muchas
ocasiones la sociedad juzga a las muchachas por su reputación. Los padres y
familiares por lo general tienen que cuidar la imagen de la chica: no deben ser
“fáciles”, a riesgo de ser consideradas como unas “calientes” o “putas”; ni
tampoco inaccesibles, para que se les acuse de ser unas “apretadas” o “frustradas”.

Fize (2007) refiere que así es como
las chicas pueden incluso llegar a volverse delincuentes. En la actualidad, se
estima que representan un poco más del 10% de la delincuencia juvenil. Lo
cierto es que tanto en el salón de clases como en la colonia, parecen más
agresivas que antes. Al igual que sus compañeros varones, desarrollan entre
ellas comportamientos basados en la ley del más fuerte. Incluso pueden llegan a
convertirse en chantajistas o extorsionistas. Pero esta violencia de las
muchachas sigue siendo muy marginal.
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