jueves, 29 de agosto de 2013

¿Qué es el periodo de anaclisis?

Ramírez (1987) menciona que en función del desarrollo emocional, el ser humano necesita desarrollar una diferenciación completa de 3 grandes áreas llamadas I. Placer-Displacer, II. Interno-Externo y III. Representación del Self-representación de Objeto (es decir, representación de sí mismo y representación de los demás). Para lograr estas diferenciaciones el sujeto debe pasar por una serie de periodos llamados 1-. Autoerotismo, 2-. Narcisismo Primario, 3-. Anaclisis, 4-. Narcisismo Secundario y 5-. Complejo de Edipo. (Freud).

3-. ANACLISIS:

Este período va a plantear por primera vez la existencia del “objeto” como algo externo al niño.

Winnicott (1953, 1956, 1960) ha llamado la atención sobre la importancia que tiene el comportamiento de la madre u “objeto” con su hijo, como un mediador para que éste sea capaz de manejar su ambiente y en consecuencia aprender de él, hasta ser capaz de satisfacer sus necesidades de una manera autónoma.

Freud (1917) define al “objeto” como: “aquel en el cual, o por medio del cual, puede el instinto alcanzar su satisfacción…” y, continúa: “…es lo más variable del instinto, no se encuentra enlazado a él originalmente, sino subordinado a él a consecuencia de su educación, al logro de su satisfacción. No es necesariamente algo exterior al sujeto, sino que puede ser una parte cualquiera de su propio cuerpo y es susceptible de ser substituido por otro durante la vida del instinto.”

Este tercer período, denominado por Freud “anaclítico” (“dependiente del objeto”), sugiere una renuncia de la “omnipotencia mágica compartida” del período simbiótico y su cambio por una “dependencia hacia el objeto”, el cual se percibe “en el exterior”, pero del cual no se tiene conciencia de que sea diferente del self, sino que oscila en la concepción de si el “self” forma parte de ese objeto externo todopoderoso, o si éste es simplemente una extensión de ese “self” destinado a satisfacer las necesidades del sujeto desde el exterior. Esta oscilación es señal clara de que si bien ya hay diferenciación entre el placer y displacer, y entre lo percibido como externo, aún no se logra la diferenciación de los límites entre la representación del self y la de los objetos.

Sin duda, a este período corresponde la mayor dificultad teórica y clínica en su determinación y aquí es donde los autores difieren más. Kernberg plantea su tercer período “diferenciación de las representaciones del self de la de los objetos”, como coincidiendo con la fase de práctica y de reaproximación de Mahler, y deja el proceso de separación ubicado dentro del estadio simbiótico, En 1976, él ubica la organización borderline hacia el final del período 3, en concordancia con las ideas de Mahler; pero tanto en 1980, como en 1984, extiende el periodo señalando que los casos más graves de pacientes borderline, se encuentran más hacia el inicio de la fase tres o al final de la dos. De cualquier forma el planteamiento de Kernberg no parece claro al respecto de si para él el proceso de diferenciación externo-interno y el de representación del self-representación del objeto se dan simultáneamente, lo cual no parece plausible, ya que para Spitz, el reconocimiento de la cara de la madre es puramente cognitivo, con lo cual estaría de acuerdo con Piaget (Chardon-Michaca 1984). Pero ese reconocimiento carece de representación interna, tal como se puede observar en la reacción de angustia en los niños al perder el contacto visual con el objeto del cual dependen en forma absoluta; inferimos de ello que en el inicio de la Anaclisis no ha procesos de internalización eficiente y por tanto es difícil hablar de un mundo representacional como tal.

Resumiendo, en el período anaclítico se presentan los siguientes procesos:

a)     El reconocimiento de un objeto externo (cognitivo) del cual depende el sujeto, al que le atribuye toda la omnipotencia.
b)    Una marcada maduración de los aparatos de autonomía primaria del yo, en especial la percepción, motilidad, memoria y umbrales.
c)     El uso del mundo externo en una función de complementación, ya sea que el objeto se sienta parte de ese mundo externo o que lo viva como una extensión de su self.
d)    La existencia de un “self cohesivo” muy vulnerable, tanto a la amenaza de fusión por parte del objeto como a un abandono por parte de éste, ambas situaciones temidas y deseadas.
e)     Un conflicto de intereses entre las fuerzas autónomas del yo que “empujan” al niño a separarse del objeto y los deseos regresivos de compartir la omnipotencia del objeto característico del período simbiótico.
f)     El uso del mecanismo de escisión para tratar de manejar los conflictos de la etapa. 

Estableciendo el punto de que la adquisición del “self cohesivo” (Kohut 1971) se da en esta fase, parece importante situar el escenario en que se va a producir esta cohesión, su forma y su propósito.

El continuo éxito se encuentra en la situación de que al salir de la simbiosis ha perdido su sentimiento de omnipotencia, o dicho de otra manera, su equilibrio narcisista, el cual había sido sostenido por una “buena modernización” (Winnicott, 1953) durante la etapa narcisista. 


El continuo éxito, sólo interrumpido por frustraciones óptimas de los deseos del niño, fortalecieron su confianza básica y lo prepararon para entrar a la fase de separación donde el trasladarse la omnipotencia al objeto, le deja inerme y a merced de éste. Si la situación simbiótica fue óptima, la angustia ante extraños se verá pronto mitigada y la fuerza de las funciones de la autonomía primaria va a permitir la expansión de sus horizontes.

De todas las funciones que el self object  (Kohut 1971) ha tenido que realizar para el niño, una de las más importantes es la de tranquilización, de calma, así como proveer de un alivio para la ansiedad desorganizante producto del displacer extremo. Cuando el niño en la Anaclisis adquiere la conciencia de la existencia del objeto “madre” en su exterior, ese objeto debe realizar la función de tranquilizador preventivo y de aliviador de los estados de ansiedad “impensable” a la cual aun es muy proclive, sobre todo frente al abandono. Marian Tolpin (1971) hipotetiza, siguiendo parcialmente a Winnicott (1953), que la función adscrita a la madre, se desplaza a un objeto transicional, quien cumple, desde luego con la complicidad del niño, con esa función específica de tranquilizador preventivo y curativo, que la madre había desarrollado, pero ahora en un objeto que puede ser controlado por el niño. El objeto transicional (cobija, etc.) representa un estado intermedio que posteriormente es decatectizado e internalizado (vía internalización trasmutadora) y al asumir la función desde adentro hace innecesario al objeto transicional, al cual, sin embargo, no se le abandona del todo, ya que permanece como en reserva en caso de ser necesitado frente a una situación de amenaza mayor que lo usual. De ahí que en un momento dado se pueden observar en operación simultánea los tres niveles de tranquilizador: La madre, el objeto transicional y la función internalizada cuyo mérito fundamental es mantener la cohesividad del self frente a las amenazas de irrupción masiva de ansiedad de abandono o de fusión.


Nos hemos detenido un poco más en este período, porque aquí se plantean las operaciones patológicas que cada vez más tenemos que enfrentar en nuestra práctica profesional, y comprender mejor las situaciones intrapsíquicas y el comportamiento de las relaciones objetales a este nivel nos proporciona la base para desarrollar estrategias de tratamiento. Este período, por lo demás crítico, cuando es superado con ayuda de una buena madre, nos lanza a nuestro cuarto período propuesto.

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